Día 3: Jornada no olímpica

Ese lunes 8 de agosto no hicimos, literalmente, un carajo. Fue uno de los días más perdidos de nuestras vidas. No sabíamos qué atleta argentino compitió, quién clasificó, nada. Nada de nada. Parecía que no estábamos en los primeros Juegos Olímpicos de Sudamérica, ni mucho menos en Brasil. Nos desenchufamos totalmente.

No sé si la razón fue que estuvimos (casi) todo el día pegados a Ayllin y al tipo que vino a arreglar internet, o que no habíamos pensado el día anterior, qué hacer.

Ahora que estoy escribiendo este texto recuerdo que no teníamos entradas para evento deportivo alguno. Y que, a la tarde, para dejar de discutir con Ayllin, salimos a conocer un poco más la lujosa Barra Da Tijuca. Una ciudad que por su imagen va a contramano de la realidad social y política que se vive en Brasil, con manifestaciones en contra de Michel Temer en el centro de Río de Janeiro, por ejemplo.

Todo brilla, todo es top, muchos shoppings, mucho tráfico, veredas limpias, restaurantes caros, autos importados, todo, absolutamente todo es opulento. Hasta el virus del zika no habrá querido estar acá.

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Pequeña heladería en un Fiat 600

A la noche fuimos a comer con Ayllin. Fue como una forma indirecta de reconciliar nuestra relación después de volver (por fin) al universo virtual. Cenamos una carne disecada con mandioca. Estaba rico. Qué se yo. A esa hora ya no pensábamos mucho en qué comer.

Solo considerábamos que al otro día volvíamos al ruedo olímpico, porque se venía una jornada inolvidable.

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