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Día 8: Alegrías memorables

Lo que nos ocurrió ese sábado 13 de agosto espero que nunca se borre de nuestras neuronas ni aunque el Mal de Alzheimer nos agarre en un hipotético caso.

Empezamos la jornada temprano, como casi todos los días. Aprovechamos la mañana para comprar en el supermercado galletitas de agua, alguna coca, jugos, carne, frutas, etcétera. Y cuando volvimos al departamento veníamos discutiendo con Silvi sobre nuestra única entrada de la fecha y todo lo que nos rodeó ese día. Íbamos a ver Gimnasia de Trampolín (Masculino) a las dos de la tarde en el estadio Arena Olímpico del Parque Olímpico de Barra.

La realidad es que para ver gimnasia hubiera preferido ir a conocer alguna playa, pero dos cosas me lo impedían en mi inconsciente: mi profesión y el respeto por los gustos de Silvi.

Así fue que tomamos el metro del BRT (Bus Rapid Transit), o mejor dicho Transporte Rápido por Ómnibus, a eso de las once.

Cuando llegamos al enorme predio que cuenta con la mayoría de los deportes olímpicos, comenzó nuestra discusión. Yo quería estar a las afueras del Arena Carioca 1 para intentar entrar con mi credencial no oficial, porque allí, a la misma hora, El Alma hacía su cuarta presentación nada más y nada menos que frente al local, con todos los condimentos que eso significa sumado a los conflictos absurdos que se habían generado entre ambas hinchadas en diferentes sedes.

Solo 300 metros nos separaban del otro estadio. Para el colmo Juan Martín Del Potro se jugaba a la misma hora, a otros 300 metros, el pase a la final frente a un español llamado Rafael Nadal. Todo era muy fuerte y expectante.

Por eso es que convencí a Silvi para intentar pasar como Prensa, pero la seguridad fue tan excelsa que ni les hizo falta leer en detalle mi colgante para echarme con interesantes empujones. Así que fuimos a ver Gimnasia de Trampolín sobre la hora, entre discusiones de pareja, corridas hacia el destino y, por mi parte, algo desilusionado. El Arena Olímpico no era el lugar donde debía estar.

Las dos horas que estuvimos en ese estadio me las pasé actualizando el Twitter segundo a segundo, ya que gozaba de un chip brasileño hace pocos días. Los dedos no me daban más, necesitaban elongar, pero yo seguía desplazando mi pulgar hacia abajo de la pantalla para estar al tanto del resultado del seleccionado de básquet y de Del Potro.

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Por momentos la señal no era buena por el tumulto de gente que se generaba en la nube virtual. Mientras, 28 a 19 primero, 52 a 44, 72 a 67 después. El canal de @VarskySports siempre sentenciaba el dominio de los brasileños, así como también el primer set con el que se quedó Nadal. De pronto perdí señal, me fui a los pasillos, al baño, caminé por todo el estadio para encontrar luz de internet, pero nada. Volví con el celular en el bolsillo a mi asiento. Y ni bien me senté volví a agarrarlo y, ya con 3G, la sorpresa me invadió porque Argentina ahora estaba 83 a 82 abajo a falta de 22 segundos. 85 a 82 después, a solo un triple de un empate. Volví a actualizar y Varsky publicó “Llamen a emergencias médicas”. Habrá sido la única vez que lo puteé un poco porque quería saber el resultado. Pero a los pocos segundos se lo agradecí. 85 a 85 faltando 3.9 segundos con un triple de una de las leyendas de nuestro básquet: Andrés Nocioni. Una locura desesperante total. El 1 a 1 en sets entre Del Potro y Nadal no importaba. Faltaba mucho para que terminara ese partido. El básquet era lo noticiable.

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Un bielorruso, Uladzislau Hancharon, se colgó de la medalla dorada que le dio fin al evento de gimnasia. La ceremonia de premiación nos robó un poco de atención y nos olvidamos unos minutos de nuestro país.

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Eran las cinco de la tarde en punto, y con Silvi ya enterada del tiempo suplementario entre Brasil y Argentina fuimos corriendo hacia el Arena Carioca 1. En ese momento ya sabíamos que la Generación Dorada ganaba 106 a 103  a falta 1:25 del final en el segundo tiempo suplementario. Terrible, infartante, indescriptible, casi heroico.

La alegría fue Argentina cuando se escuchó desde afuera el aliento de toda la hinchada nacional por el 111 a 107 definitivo y el pase asegurado a cuartos de final. Todo fue emocionante. Ganarle a Brasil en su país, bajo un contexto de incertidumbre que terminó de envenenarse en el último mundial, fue algo que no se pudo describir. Solo restaba no mostrar alguna lágrima. Difícil mantenerse al margen y ser consciente del momento único. Hice lo que pude.

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Tanta emoción se tornó riesgosa para la salud cuando a los 15 minutos nos enteramos por medio de los periodistas de ESPN que Del Potro volvía a hacer historia después de eliminar a Nadal por 5-7, 6-4 y 7-6 (5), y que se aseguraba la medalla de plata como mínimo.

El Parque Olímpico se tiñó de celeste y blanco por una hora, más o menos. Fue una de las alegrías deportivas más grandes por las que hemos pasado. El corazón galopaba fuerte. Los ojos brillaban, y mi cámara no descansaba. En fin, fue un momento irrepetible. Esperemos que el Mal de Alzheimer no nos invada alguna vez y que la alegría de aquel 13 de agosto siga siendo memorable.

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