¿A qué voy a Río?

En mi primer día de clases de Periodismo, el profesor se sentó delante de todos con una pelota de fútbol sobre su mano derecha, y nos indicó: “Descríbanme esta pelota, comuníquenme qué tiene de particular, cómo es, y todo lo que se les ocurra”. Entre titubeos, todos le hicimos caso, algunos la dibujaron, otros buscaron adjetivos distintivos, en fin. Tratamos de cumplir con la consigna.

Cuando terminamos el profesor agarró la pelota, nos la puso en frente nuestro y la dio vuelta, donde se leía: “Acá adentro hay una bomba”. Entendí entonces que hacer periodismo se trata también de estar en el lugar de los hechos.

Y a eso voy a Río. Porque en este 2016 me podría haber quedado en mi sillón, que todavía estoy pagando, alimentándome de los 875 canales que hablan de los Juegos Olímpicos las 24 horas del día durante 18 días. Pero si hay algo que ni Facebook, ni Twitter, ni Periscope, Youtube, Snapchat, Instagram, ni si quiera la tele puede hacer aún, es transmitir los cinco sentidos al mismo tiempo.

Estar inmerso en un clima olímpico con influencias sociopolíticas no pasa todos los días, y menos si en 120 años de olimpismo uno tiene la posibilidad de estar a 12 horas de Río de Janeiro, en un vuelo de cabotaje, al precio más accesible.

 

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