Día 1: El desierto de Deodoro

Al día siguiente de la Ceremonia Inaugural se abrían las puertas oficiales de los deportes olímpicos. Nosotros, que habíamos sacado entradas al azar con demasiada anticipación vía Turicentro, teníamos ingressospara ver Hockey masculino a las 11 en la segunda sede más grande de Río de Janeiro después de Barra Da Tijuca, Deodoro. Un predio enorme que comprende deportes como Básquet, Canotaje Slalom, Ciclismo BMX y de Montaña, el propio Hockey, Pentatlón, Rugby Seven, Tiro, entre otros.

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Campo 2, Deodoro

 

India frente a Irlanda primero y Australia contra Nueva Zelanda después. Esos partidos eran los que nuestra entrada fijaba. Pero si hay algo que se quedó fijo fue el sol que ahuyentó a toda nube que se le cruzara para hacerse de una jornada muy calurosa con picos de 35 grados de sensación térmica. Así que las botellas de agua y la búsqueda inútil de alguna sombra fueron los actores principales de ese día.

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Campo 2, Deodoro

     Como Deodoro queda un poco lejos de nuestro departamento, ni bien nos despertamos salimos sin desayunar hacia allá pensando que en esa sede almorzaríamos. Pero la búsqueda de un bendito sánguche se fue tornando desesperante, a punto tal que empezamos a caminar por todo el predio preguntando en cada puesto si tenían algo para comer. “Não temos comida, somente bebida”, nos decían las vendedoras con timidez.

Por fin, luego de tanto caminar bajo un sol que ardía la cabeza, encontramos un local que vendía papas fritas. Nos comimos dos paquetes sin saber cuánto lo pagamos. Es que estábamos en ayunas y eran las tres de la tarde. Después, nos enteramos gracias a un voluntario muy voluntario que al final del recorrido a la izquierda estaba el único puesto que vendía comida.

Una vez que almorzamos esos panchos raros preguntamos a cualquier argentino cómo le había ido a Paula Pareto en su debut en Judo. Ya no nos interesaba el partido de hockey, porque sabíamos de antemano que “La Peque” era una firme candidata a la primera medalla argentina en estos Juegos Olímpicos. Pero todos estábamos en la misma situación. Ninguno tenía internet, y el Wifi prácticamente era imposible conseguir en cualquier lugar público. Los brasileños no nos entendían, los voluntarios tampoco sabían. Ni los periodistas extranjeros estaban al tanto del Judo. Así que nos volvimos hacia el Campo 2 para terminar de ver el partido entre Australia y Nueva Zelanda.

En ese Campo 2, después del duelo oceánico, debutaban Las Leonas a las 17 frente a Estados Unidos. Y la odisea por quedarse en el estadio para verlas sin entrada fue tan anecdótica como para contarla en el próximo párrafo.

Conocimos a un tandilense, tres de Pigué, dos señores mayores de Bahía Blanca y dos de Olavarría que estaban en la misma situación que la nuestra. Con ellos, después de hacernos las preguntas obvias, dijimos de escondernos por algún lugar como para que los militares de seguridad no nos saquen y así estar presente en el debut del seleccionado que conduce Gabriel Minadeo.

Algunos se acobijaron en los baños, otros se quedaron sentados en las gradas, yo por mi parte me quedé en una especie de depósito de limpieza unos 40 minutos con el señor de Bahía, hasta que el resto de la hinchada despejase por completo sus asientos. La cuestión era hacer resistencia a los controles y al calor. “Van a venir los rusos y nos van a sacar a golpes”, me dijo el viejo pícaro haciendo referencia a los militares. Así que salí y busqué a Silvi un poco resignado, para ya pegar la vuelta a casa.     Mientras tanto el tandilense se metió por un pasillo que desembocaba en el Campo 1 que estaba como a 200 metros. El resto se fue dispersando. Pero después nos encontramos todos a la salida, expulsados por los voluntarios de verde, seguidos por los soldados que seguían serios con sus escopetas, y nosotros envidiando sanamente a los argentinos que estaban en la cola del otro lado de las vallas para ver a Las Leonas.

En la vuelta por el Metró vimos de reojo a un joven brasileño que estaba usando una aplicación sobre los resultados de los deportistas olímpicos. Le pregunté por Argentina y me dijo que un tal Eduardo Sepúlveda había ganado una medalla de oro. Le pregunté por Pareto y me dijo que no aparecía en la búsqueda. “Só Eduardo Sepúlveda ganhou a medalla de ouro para Argentina”, me repitió.

Luego de agradecerle al joven me quedé pensando en el ciclista Sepúlveda. No podía creer que en su debut olímpico haya sido el campeón. Algo totalmente inesperado porque la candidata de la jornada era Pareto. Luego supuse que La Peque estaba lesionada. Quería llegar rápido al departamento para agarrar señal de internet e informarme al respecto.

Sin embargo, nada de eso pasó. El poco Wifi que teníamos se esfumó. No sabíamos qué había pasado, y Ayllin, quien nos había alquilado el departamento, no tenía respuestas. No tener internet nos afixió psicológicamente. Era como estar dormido en una burbuja sin el minuto a minuto. Hasta que por fin en la televisión brasileña informaron el oro de Pareto. Sepúlveda había terminado en el puesto 37 de 50 ciclistas, y todo tenía más lógica.

Lo que no tenía lógica era la aplicación del gordito brasileño. O me mintió o se descargó un virus. Qué se yo.

 

 

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