Día 4: Del Remo al Básquet hay un gran trecho

El Remo fue uno de los deportes que más conflictos internos tuvo después de los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Renuncias de dirigentes, remeros, y entrenadores son apenas un muestrario de que en este deporte se sigue remando en contra de la corriente.

De hecho, el universo olímpico recordará que Lucía Palermo y Brian Rosso estuvieron en Río de Janeiro cuatro días sin poder entrenarse porque sus respectivos botes no habían llegado, a nada del comienzo de los Juegos.

Bajo ese contexto llegamos al Estadio de Lagoa de Copacabana, con un clima de 25 grados cerca de las nueve de la mañana. Tomamos el metro en la estación cercana a nuestro departamento (Bosque Marapendi) con destino a la estación Cantagalo, que queda a diez cuadras del predio olímpico.

En el momento en que Rosso terminó cuarto en su serie de cuartos de final, nosotros todavía no habíamos podido estar presentes porque para ingresar al estadio había que irse hasta la otra esquina y seguir un camino de 100 metros más o menos (además de que habíamos llegado sobre la hora) hasta el control con el scanner. En este último también nos demoramos porque el canadiense que estaba adelante tenía un trípode y una manzana que no le permitieron pasar, y se demoró discutiendo con un voluntario japonés que no le entendía nada. Estas cosas también pasan en un Juego Olímpico.

 

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Brian Rosso, remero que quedó afuera de las semifinales

 

Antes de la competición de Palermo y luego de la eliminación de Rosso buceé con mi cámara y la credencial de Los Olímpicos hacia donde estaban los periodistas y los fotógrafos, para tener una mejor visión y para estar donde quería. Por suerte mostré rápido el carnet, la chica joven de verde no se dio cuenta que no estaba acreditado y me dejó pasar. Pero fue en vano porque la tigrense terminó última en su heat, también se despidió de Río, y para colmo ni pasó por nuestra zona.

 

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Lucía Palermo, sin chances de estar entre las 12 mejores

 

Con Silvi nos sacamos algunas fotos con el paisaje de la Laguna Rodrigo Freitas, hablamos con un señor de Avellaneda (uno de los pocos argentinos que había) y nos fuimos después del mediodía un poco cabizbajos por los resultados de los remeros, pero luego un poco cabizaltos porque teníamos, bajo llave, la mochila con las entradas de básquet para ver más tarde a El Alma frente a Croacia. Un rival de nivel.

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Vista desde el palco de prensa

El partido era a las 22.30 pero fuimos dos horas antes para exprimir al máximo el valor histórico de nuestra ingresso, más allá de que el encuentro no definía algo.

Ya desde la estación Morro do Outeiro, que estaba a un kilómetro del Arena Carioca 1, Centro Olímpico de Barra da Tijuca, veíamos y trazamos un paralelismo a la fiebre mundialista de hace dos años atrás. Es que había argentinos por doquier. Córdoba, Casilda, Venado Tuerto, Bahía Blanca, Puán, por nombrar algunas ciudades. Increíble clima nacional que inundó el estadio con banderas y cánticos al ritmo del “Brasil, decime que se siente…”, pero esta vez con Carlos Delfino, Andrés Nocioni, Emanuel Ginóbili y Luis Scola como actores principales de la tonada.

Durante el partido sentimos la localía mucho más que en Argentina. La hinchada aportó lo suyo y los “longevos” de la Generación Dorada, junto a la juventud, desplegaron un juego en equipo superador. Aunque en el último cuarto el seleccionado de Sergio Hernández permitió que los croatas se acercaran en el marcador,  después supo cerrarlo con un 90-82.

Escalofriante, emotivo, célebre. Así fue el cierre con los festejos argentinos revoleando sus remeras en todo el Arena Carioca 1. Momentos memorables si los hay que los guardaré por siempre en la cámara, cuyas dos baterías gasté en esas dos horas y pico.

Lo poco que me quedó de carga lo utilicé para filmar a los hinchas que con el colectivo repleto de celeste y blanco, y que se movía como un barco en el Océano Índico, anticipaban el cruce contra Brasil, en la estación Morro do Outeiro.

Paradójica jornada. A la mañana había pocos argentinos, las condiciones de los atletas ya no venían de la mejor manera, me dejaron estar con la prensa, entré a la zona mixta, y nos fue mal. A la noche había infinitos argentos, la transición es ilusionista, nos controlaron cuatro veces para ingresar, apenas conseguimos asientos, y nos fue bien. Por eso el título de esta crónica dice lo que dice.

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