¿Por qué Marta es mejor que Neymar?

Cada situación de la siguiente historia entra en un amplio contexto de vida en el que quien la escribe se siente inmerso y no puede evitar expresarlo. Parece estar de más la aclaración ya que todos hablamos desde un lugar preciso pero créanme que hacía falta en este caso.

Parece una pregunta, pero el título es recontra afirmativo. El signo de interrogación sólo explica que voy a dar las causas de mi afirmación con los argumentos que creo necesarios, pero hay algo que no discuto bajo ningún punto de vista: hoy en Brasil no existe nadie más que Marta. Es mejor que Neymar por lejos y que el fenómeno Ronaldo, es la Pele (o la Garrincha) de estos tiempos y Brasil baila a su ritmo. Voy a dar mis argumentos.

La Brasil de las grandes épocas

El sábado 13 por la noche elegí asistir a un semejante evento de los Juegos Olímpicos de Rio de Janeiro 2016. Era el partido en la ronda de grupos para la selección brasilera de futbol femenino ante su par de Suecia. La estrella era Marta, es Marta. El semejante brasilero es Marta y cada cabecita en el Estadio Olímpico Engenhao fue Marta.

Un grupo de mujeres en la segunda fila gritaba y se desvivía por una selección que le devolvía maravillas. Yo estaba en la primera, quería estar lo más cerca posible de esa mujer morena de pelo atado que hace lo que se propone con una pelota de fútbol en sus pies, con su zurda atrapante y sus gambetas vivoreantes por el césped de Engenhao. Pero es muchísimo más que eso.

Lo cierto que las mujeres de la segunda fila jugaban varios partidos a la vez. Una era mayor, bastante mayor y era pelada. La otra era mucho más joven y tenía una beba entre sus brazos, la cual estaba vestida con la camiseta del Flamengo, al igual que su mama. Al otro costado de la señora mayor había un pibe más joven que todas ellas pero igual de enganchado con la fiesta. Y detrás todo el estadio repleto, inundado de camisetas verde amarelas.

Estas mujeres notaron mi presencia no brasilera y hasta me vieron cara de gringo sueco o algo por el estilo. El primer gol fue de Beatriz y lo grité. Se ve que la señora nunca notó mi alegría. Acaso yo tampoco la de ella, porque nunca miré que estaba haciendo mientras entraba la pelota en el arco.

Al rato Suecia empato el partido pero el gol fue anulado. Inmediatamente después y reaccionando ante una posible amenaza, la señora de la segunda fila improvisó, en conjunto con la más joven, un canto armónico que decía y repetía: nao valeu. Y sí, me estaban mirando a mí, riéndose en una gresca carnavalesca y alegre en la que cantaban y festejaban, recibían y daban un cálido abrazo de alegría futbolera, eso que vi en sus amplias frentes mojadas por el sudor, eso que noté en sus grandes zancadas sin sentido lógico, esa perfecta conjunción de las pasiones en un cuerpo descontrolado y libre de escrúpulos. Eso que llena el fútbol.

Yo traté de explicarles, en mi malísimo portugués, que soy argentino pero estaba alentando por el mismo equipo que ellas. La señora me respondió algo de Paraguay y continuó en su rimbombante mambo de alegría. El joven a su lado empezó a cantar canciones contra Maradona. Yo sólo reía, porque era una fiesta, su fiesta. Miles de veces escuché hablar del folklore del futbol pero creo que nunca en mi vida estuve más cerca de eso como en esta oportunidad.

Y a partir de allí la celebración fue completa. Un gol atrás del otro llenó el Estadio de gritos, festejos, saltos y todo tipo de situaciones en las que el pueblo brasileño se sentía incluido. Marta y sus compañeras brindaron un show completo, un sinfín de sensaciones en concierto con la algarabía popular que bajaba de las tribunas. En frente estaba una de las mejores selecciones europeas, que sólo atinaban a mirar como la pelota iba de un lado al otro del campo con toques, lujos y jugadas elaboradas y ejecutadas a la perfección. El partido finalizo 5 a 1. Marta metió dos, uno de penal y el otro se la llevo con el taco y definió con su zurda de oro.

Pero el símbolo máximo de esa selección femenina es que la brasilera y el brasilero se sintieron representados. Cada persona allí presente jugó el partido, lo gozó como propio, se adueñó de la pelota al igual que la maravillosa zurda de la 10. No hubo momentos de distracción (o fue una distracción constante repleta de placer), el espectáculo fue impresionante, y la torcida era el pueblo, el barrio, la gente común, el que sale a laburar, el que disfruta del buen fútbol, el que vive, el cotidiano, el pueblo. Dato importante, para este partido la entrada salía 20 reales (algo asi como 100 pesos argentinos), cuando para la mayoría de los eventos no baja de 70 (más de 300 pesos). Así como las Olimpiadas son para los ricos, la selección femenina encontró la revolución al entremezclarse con un pueblo muy futbolero y cansado de injusticias sociales, y de decepciones de la masculina, muy lejos de los cracks del pasado, tanto lejano como cercano.

En otra parte de Rio, con otra selección, entre la misma gente

 El domingo siguiente jugaba Argentina contra Argelia en fútbol masculino. Volví al Estadio Engenhao en otro tipo de espectáculo que mezcló al argentino con el brasilero en una guerra de hinchadas. El partido termino 2 a 1 y tiene detalles que no vienen a esta historia. Lo que quiero contar es lo que paso después, que me hizo comprender el simbolismo del fútbol en un pueblo que siempre quiere ser feliz, contra todo tipo de barrera.

A la vuelta del Estadio Olímpico, fui a visitar a mi amigo Bruno. Me había invitado temprano a almorzar a la casa pero no tuve mucho tiempo de estar con él. A la noche volví y decidí llevar una pizza para acompañar el partido. Jugaba Brasil contra Irak por la ronda de grupos de los Juegos. La selección local sólo empató en su primera presentación contra Africa Do Sul (Sudáfrica) dejando una pobre imagen y tenía que ganar por varios motivos: es local, la gente se estaba impacientando, juega Neymar y su rival es un equipo con tan poca experiencia internacional como jerarquía. Ah, juega Neymar, otra vez.

Con un detalle fantástico, Bruno vive en la Rocinha, la favela más grande de Sudamérica y la segunda más grande del mundo. Un mundo novo (slogan de los Juegos), allí adentro. Bruno es una persona muy pacifica, algo introvertido y especialmente amable, al igual que Francisca, su madre. Al bajar del colectivo en la entrada de la Rocinha, mis pupilas se empezaron a dilatar. Quería guardar esas imágenes para siempre, quizás por curiosidad, por creer que es imposible entrar allí, por desconocer, por prejuicios, por encontrar una escena nueva inexplorada para algún personaje de ficción que cree en el futuro, o alguna de esas cuestiones que nos hacen y nos sobran a los seres humanos.

La entrada fue hermosa, irradiante y en el fondo un desorden caótico de aberraciones higiénicas y sociales. Vi explotar el sentido humano de la empatía en mí, roce con los extremos. Vi gente alegre, vi caras distraídas, vi casas despintadas, vi un canal de mierda al aire libre, vi motos pasando a alta velocidad por al lado de la gente, vi un conjunto de cables de un grosor de un metro aproximadamente flotando sobre mi cabeza, vi nenes corriendo, vi negocios, vi personas caminando con grandes armas (para demostrar poder según Bruno) a quienes llaman bandidos. Y me vi como un nene, queriendo seguir viendo, queriendo hablar, queriendo preguntar.

El camino de la entrada era ancho y podían andar autos. Era como la calle principal y a los costados los comercios y algunas casitas. Yo lo seguía a Bruno, quien llevaba la camiseta de Brasil puesta con el 10 en la espalda y caminaba con tranco lento y cansino, con la cabeza levantada y los ojos apenas abiertos, balanceándose a un lado y al otro. A medida que Bruno avanzaba, el camino se iba haciendo más y más angosto. Íbamos subiendo, sin darnos cuenta. Y las calles se convirtieron en pasillos, también sin darnos cuenta. De pronto se dejó de ver el cielo y todavía estábamos afuera, o eso parecía. Los pasillos cruzaban personas sentadas en las puertas de sus casas, más cables, más mierda y barro. Y eran tremendos porque sin saber a dónde ibas, en realidad estabas llegando. Pensé por un momento que si perdía a Bruno nunca más podría salir, una especie de laberinto me atrapaba y ya no se escuchaba el forró de la entrada. Y esos pasillos habían hecho la noche.

Llegamos a lo de Bruno con la pizza. Tres muchachos estaban ya sentados en un sillon cómodo con la tele sintonizada en el canal del jogo. En la cocina estaba Francisca que se alegró de vernos y hasta acepto comer algo de pizza. La comunicación era muy cortada, con Bruno apenas, ya que entiende bastante si le hablas lento. Jugamos con el sobrinito de Bruno que nos mostraba sus muñecos y después nos fuimos con los muchachos a ver el partido.

De los muchachos uno era el padrastro de Bruno, Raymund. Un personaje cálido, de agradable sonrisa y de mente comprensiva. La barrera el idioma. Los otros dos eran vecinos que habían ido a ver el partido. Nos sentamos con ellos y empezaron a servirnos un vino llamado Cantina de Sierra, dulce y excelente.

Lo cierto fue que el partido se jugó y no pasó nada. Es más, Irak estuvo cerca de convertirle un gol a Brasil en su país, en su organización de los Juegos, en lo que hubiera sido una catástrofe futbolera similar a los siete goles de Alemania. Cero a cero olvidable. Pero esos son los resultados que más hablan. No me importaba el resto de Brasil, ni siquiera el resto del mundo. Quería que Brasil meta un gol para escuchar el grito de la Rocinha, de esos caminitos interminables que van escalando el morro y de cada una de las pantallas que iluminaba la noche oscura del lugar. Quería escucharlo a Raymund corear el nombre de Neymar, y a sus amigos aplaudiendo. Pero no pudo ser, Marta no estaba.

E melhor, muito melhor

La selección femenina de Brasil estubo en la boca de todos los lugareños al día siguiente, y al siguiente, y al siguiente. Había jugado el sábado, pero era lunes y nadie quería hablar de Neymar, ni de Gabigol, ni de Rodrigo Caio. Será que el pueblo brasilero está muy acostumbrado a ver jugadores que divierten y se divierten con la pelota. Será que los cariocas se vieron contentos de ver fútbol cuando Brasil daba miedo con tremendos cracks, pero a su vez que contagiaba de alegría con sus grandes sonrisas. Pero tampoco se ruborizaron al poner en el pedestal a sus mujeres futbolistas. Quizás un poco por bronca de que la masculina no es lo que era, pero aún así no lo imagino en Argentina, sino rodeado de comentarios machistas como escucho cada domingo en las tribunas de la Liga Amateur Platense femenina.

Por todo esto, Marta es ampliamente mejor que Neymar. Ella supo meterse en la gente, aprendió que las barreras machistas que impone un deporte predominantemente masculino son mínimas si lograr representarse en el pueblo. En estos Juegos, cuando juega la selección femenina Brasil se paraliza para ver a sus once jugadoras. Cuando juega Marta, esperan todo, alientan, y se disponen a disfrutar.

Hoy, martes 16 la selección femenina brasilera cayó por las semifinales por penales ante el mismo rival, Suecia. La ansiada medalla de oro quedó supeditada a una posible conquista de bronce. Hoy mi amigo me mandó un mensaje triste porque perdió la Brasil de Marta. El fútbol no se entiende de otra manera. Pero la revolución ya sucedió.

Neymar puede ganar millones más en Barcelona o la selección masculina puede llegar a ganar la medalla de oro y “reconciliarse” con la gente, pero el verdadero hincha de Brasil se encuentra en los botines de la mejor jugadora del mundo. La gente quiere a Marta, en las calles, en los Estadios, en los barrios, en las playas, en la tele, en la radio, en Rio y en Sao Paulo. Por algo en Engenhao se cantó “A Marta e melhor que Neymar” durante casi todo el partido. Yo ya lo entendí, y también lo disfruto.

 

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